miércoles, 27 de octubre de 2010

EL ORGASMÓGRAFO ENRIQUE SERNA





Como señala el narrador y ensayista argentino Ricardo Piglia en Crítica y ficción, la mejor literatura surge porque el escritor mantiene un desacuerdo fundamental con el mundo. A un autor no le gusta cómo son las cosas, y por eso escribe hasta hundirse en una "utopía privada", el laboratorio de lo posible donde la imaginación crea una realidad alternativa.  
     Llevada a un extremo, la opinión de Piglia sugiere que la naturaleza misma del acto de escribir inhibiría la posibilidad de una literatura conservadora o acrítica. Sin embargo, podría decirse que la rutina de la hiperprofesionalización literaria ha generado un modelo de escritura escrupulosa y correcta en el mejor de los casos, cuyo impacto parece más cercano al vértigo de la fabricación en serie que al potencial transformador de toda ficción. 
     De ahí que, en el vastísimo mapa de la narrativa mexicana actual, una de las islas más ricas y apasionantes sea la de Enrique Serna. Como en muy pocos autores contemporáneos, su obra nace de un malestar con el mundo que se estetiza para revelarse, y en ningún caso para ocultarse o refinarse. Cada uno de sus libros se incorpora a la tradición de la ruptura (con la hipocresía social enSeñorita México, con el discurso historiográfico en El seductor de la patria, con el mundo intelectual en El miedo a los animales), y las brechas abiertas por sus ficciones se transforman en los múltiples escenarios de su laboratorio personal de lo posible. En esa "utopía privada", la crueldad y la irreverencia disipan el egoísmo de las pequeñas traiciones cotidianas, y la literatura vuelve a su origen gracias a un estilo en el que crítica y propuesta son las dos caras complementarias de una inequívoca toma de posición. 
     En El orgasmógrafo, de un modo que eleva y continúa la estrategia narrativa de Amores de segunda mano (1994), la mirada de Serna opera por estrangulamiento. Cada relato se funde en la tragedia de sus personajes, aniquilados de a poco y con saña por un autor que confía en la violencia narrativa como la mejor manera de sacudir las conciencias. Ese remolino avanza hacia la catástrofe desde un sistema de paradojas capaz de poner los destinos al revés: a los actores se les paga para que no actúen ("Vacaciones pagadas"), a los escritores se los festeja por no escribir una línea ("Tesoro viviente"), los cumpleañeros no pueden festejar ("El matadito"), y las vírgenes son acusadas de prostitutas por creer que el cuerpo tiene una dimensión espiritual ("El orgasmógrafo"). En ese mundo enrevesado, las certezas muestran su cara oscura y abandonan al lector en el umbral de su propio estrangulamiento. Los ejemplos más nítidos y atroces de esta técnica son "Tesoro viviente" y "El orgasmógrafo", donde el autor deconstruye la fuerza indomable de la cultura y el sexo. En "Tesoro viviente", una intelectual parisina llega a la república africana de Tekendogo y advierte que la dictadura de turno consagra a escritores falsos; en ese movimiento que la incluye, la joven descubre por qué la cultura también puede ser un instrumento de dominación, el mejor truco de la ignorancia y la barbarie instalada en el poder. Y en "El orgasmógrafo", la rebelión de una joven virgen ante la cuota de cinco orgasmos semanales impuesta por un Estado futuro es el origen de una ética de la contradicción: ¿Acostarse con la persona que ama no significa entrar en la lógica del sexo oficial? ¿Qué resistencia es aquella que supone reprimir el amor y el deseo? ¿Cómo confiar en una liberación que no libera?


     En "Tesoro viviente", la cultura era la mejor aliada del autoritarismo; en "El orgasmógrafo", la tiranía se nutre del sexo. Cultura y sexo, dos fuerzas en apariencia indomables, domadas por Serna en un gesto que no es gratuito y promueve la alteración de los valores. Porque, como destaca Piglia, la "utopía privada" en la que se constituye la literatura también es una forma de la revolución. "Baudelaire y Marx tenían los mismos enemigos. No tengo confianza en nada ni soy un hombre optimista, pero justamente por eso creo que hay que aspirar a la utopía y la revolución", concluye en Crítica y ficción. Autor que no se parece a nadie y al que nadie podría imitar, Serna se desliza por una revolución moral y literaria cuyo peso es tan exacto como la milimétrica prosa que la dibuja.El orgasmógrafo, ciertamente uno de sus libros más logrados, es la enloquecida crónica de ese mundo inestable y definitivamente nuestro, en el que las tragedias terminan en una risa endemoniada y las caricaturas hacen llorar. 

Por Leonardo Tarifeño
 Letras Libres 

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